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#Chicoana: Los Fogones de San Pedro y San Pablo

28/06/2020 - Nuevos intereses y miradas distintas están apagando las llamas de los fogones… el entusiasmo que ponía la changada, cuando se acercaba la víspera del día de San Pedro y San Pablo, para juntar el pasto, los pocotos y el sereno se ha ido perdiendo… Vivencias que en otros tiempos marcaron en muchos, recuerdos imborrables de la niñez.

Fogón en Chicoana. @Santi López

Por César David Rodríguez

Llegaba el 28 de junio y era todo un acontecimiento en las familias que tenían la costumbre desde temprano, se salía a buscar el pasto seco que estaba cortado en las orillas de los alambrados de los rastrojos donde se cultivaba el tabaco para empezar a armar el fogón que se iba a encender a la noche.

Primero que todo, se buscaban las betas de pasto más abundante, se lo amontonaba de trecho en trecho. Se llevaban un machete bien afilado y un gancho de palo, por las dudas había que terminar de cortarlo. Unos juntaban y otros acarreaban al lugar donde se lo iba a armar.   

A todo esto se buscaba la mejor rama de sereno que iba a ser el centro y el alma del fogón. Mientras más tupida era, más protagonismo tenía.

También se juntaban los pocotos, que en el Río Chicoana los había un montón.

Era como seguir una receta, paso a paso. El sereno plantado al medio; a partir de ahí, se lo iba levantando en círculo. Capas de pasto bien apisonados se iban entrecruzando y, entre ellas, una sarta de pocotos y algunas ramitas más de sereno hasta la punta, ayudados por una horquilla de palo que se improvisaba ahí mismo. Había que armar una base bien firme para que sostuviera todo y se lo pudiera armar bien alto. Más alto, más principal se lo consideraba e iba a ser el último en prenderse. Claro, no había que descuidarse porque no faltaba un “ututo” de la otra esquina o de otro barrio que de pura envidia lo prendía antes.

Terminada la faena, recién se tomaba en cuenta que la ropa estaba taqueada de cadillos o negra de saitillas y las trenzas de las zapatillas, duras de pega pega. Las manos y los brazos, rayados por el filo de las hojas secas o por algunas ramas de tala o garabato que se despuntaban y quedaban en medio del pasto.

Era gracioso verse las caras transpiradas, chorreando barro por las mejillas del alto de tierra que se levantaba cuando se movía y alzaba el pasto, se lo ponía en una lona y se lo echaba al hombro.

Llegaba la noche y se vizcacheaba el movimiento de lo que sucedía alrededor. El último en prenderse era este fogón. Era el más grande.

Se prendieron todos ya. Llegaba el turno del principal. Se juntaban los dueños, los vecinos más próximos y los que venían de la otra fila.

Como un ritual sagrado, se encendía un papel y se lo ponía debajo, en una de las orillas del fogón. Comenzaba a arder despacio y a medida que el fuego crecía y avanzaba hacia el interior, se escuchaba el efecto explosivo de los pocotos y de las hojas del sereno.

Entonces, llegaba el momento de gritar a viva voz “…que viva San Pedro y San Pablo… que abran las puertas del cielo cuando yo me muera…”

Al final, como mudo testigo de lo que había pasado, quedaban las cenizas y en el ambiente, flotando la humareda de los tantos fogones que se hacían.

Qué tiempos aquellos… Ojalá se los pueda recuperar…  

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